viernes, 20 de julio de 2012

XLV 1990´s Viet-nam 6.7 - Viajes





Viet-nam; y sin embargo cuentos
Texto: Javier Santos Asensi



6.7  Saigón; Y el verbo se hizo ciudad.


Esperaba a Le Lai a la puerta de la escuela, un edificio discreto, de la época colonial, a espaldas del mercado de Ban Thanh. Desde mi llegada a Saigón, todo se había hecho intenso. Nada allí se detenía. Todo el mundo parecía ocupado en algo; quien no vendía ambulantemente, lo hacía de forma estacionaria. Unos se afanaban en recortar metales. Otros en diseñar terrazos. Curtir, sellar, zurcir, troquelar, fundir, pintar, soldar y soñar. Una ciudad musculosa transitada por los verbos, ese fue el Saigón que conocí.







El tráfico era denso a cualquier hora del día, y sin embargo, nada de coches y tuk tuks sacudiéndote los bronquios a la manera de Bangkok. A excepción de unos pocos automóviles y un puñado de autobuses y carromatos destartalados, el resto eran bicicletas, motos japonesas de baja cilindrada, y como no, ciclotaxis, “un dólar, seño, y le llevo donde quiera. ¿El museo de los crímenes de guerra? ¿La embajada de los EEUU? ¿El Ayuntamiento? ¿Ah, no?, ¿el señor bum bum?”. cuesta un poco adaptarse, pero cuando lo haces, sabes que tienes que fluir, incorporarte al ritmo del tráfico, jamás detenerte, aunque parezca inminente que siete u ocho bicicletas te vayan a atropellar, el juego se llama “ni-se-te-ocurra-pararte-en-medio-del-cruce”, de lo contrario, como te conviertas en un objeto estacionario, 
                                                                                                              efectivamente, te atropellarán.


Le Lai, Le Lai. Esperaba por ella sin saber qué hacer con ella. La había conocido en el bar de su tío Kim, donde ayudaba por las tardes, cuando la terraza y el interior del pequeño local se llenaba de turistas y viajeros que pernoctaban en los hoteluchos y pensiones de la calle Pham Ngu Lao y aledaños. No era el único café de la zona, pero sí el más popular entre los viajeros más humildes. La comida era deliciosa, combinando con inteligencia los sabores occidentales y los platos locales; el café chua no estaba del todo mal; pero lo mejor era, sin duda alguna, el servicio entusiasta y dedicado de Kim y su familia. Desde que el gobierno permitiera los negocios familiares, la familia, al completo, se había volcado en la explotación de aquel local arrendado al municipio. Los hotelitos de alrededor, que ofrecían hospedaje realmente asequible, atrajeron a los transeúntes de pocos medios; la palabra  se fue pasando de boca en boca, y la zona terminó por convertirse en menos de dos años, en un lugar de encuentro para viajeros alternativos, lo que algún día quizás fue Khao San Road en Bangkok.


Kim Yên fue un pionero en el barrio, uno de los primeros que se dio cuenta de la oportunidad que tenían entre manos. E él le siguieron el 333, el Saigón, el Lotus, Café Long, y otros. Había hasta una heladería de lo más coqueta o cafés como el Shin, regentado  por un grupo de jóvenes australianos cansados de su palidez isleña. Aquí y allá se alquilaban motos y bicicletas (algo impensable hasta hacía  tan sólo un par de años). Kim había extendido su negocio, y lo que había sido un pequeño local con un puñado de mesas de formica, se convirtió en una atractiva terraza protegida de las altas temperaturas de la ciudad por la sombra de los árboles de la calle. Compró maquinaria y amplió la cocina, la única forma posible de atender a la creciente demanda de chao gio (rollitos de primavera), sopas, arroces fritos y ensaladas de fruta y yogurt. Además consiguió, cuando desapareció el monopolio de la Oficina de Turismo, los permisos necesarios para organizar excursiones y visitas por todo el sur de Vietnam. Tanto creció, en cuestión de meses, que tuvo que ceder la gestión de los viajes a su hermano, Nhon, el padre de Le Lai, Nhon no dudó en aceptar, y junto a su hijo, Binh Tuoc, un universitario inquieto y fascinado por todo lo que tuviese etiqueta occidental, se lanzaron a una loca carrera de adquisición de furgonetas, preparando cuidadosamente rutas de interés y reclutando guías entre familiares y conocidos que tuvieran un conocimiento básico de inglés o francés.
 

Tanto a su padre como a su tío les había ido estupendamente, me había asegurado Le Lai. Toda la familia se había volcado solidariamente para servir con diligencia comidas a cualquier hora del día. La competencia era fuerte, pero también iba en aumento la demanda. A los extranjeros no parecía importarles pagar hasta un 500% más que los locales por los servicios básicos, y el gobierno, muy lejos de poner trabas, veía con muy buenos ojos la entrada masiva de divisas fuertes. A Le Lai lo que más le gustaba de las tardes en la terraza del Kim era el contacto con los extranjero. Podía practicar el inglés y conocer gente nueva constantemente. Claro que, confesaba ella, era gente de paso. Tan pronto como les cogía cariño, se marchaban. Pero también a eso se acostumbraba.


Le Lai, Le Lai. A pesar de que no llevaba más que unos pocos días en Saigón, se había convertido en mi amiga y paciente guía. Yo  a cambio, le enseñaba los cuatro trucos de inglés que yo mismo había aprendido a través de mis viajes, y le hablaba de todas esas curiosidades de nuestra vida en Europa, cosas que ella nunca había visto, pero que había aprendido a apreciar a través de las conversaciones con los viajeros. Ya el primer día, un sábado a mediodía, cuando descubrí la terraza Kim, atestada de todo tipo de personajes estrafalarios, nos hicimos buenos amigos. Me encantó su simpatía, el cariño con el que se sentaba al lado del cliente para tomarle la orden. El tono dulce de su voz, la mirada directa, cálida. Noté que le gustaba y desde luego no hice nada por ocultar que también ella me gustaba a mí. Bromeamos, tonteamos, y le propuse, entre risas, ir a cenar a alguna parte. Ella hizo un cálculo rápido, y sin perder tiempo me sorprendió al aceptar la invitación.


Desde aquella noche nos habíamos estado viendo regularmente. Habíamos ido a todos sus lugares favoritos: los mercados del centro y las terracitas de detrás del Teatro Municipal; habíamos paseado los atardeceres del malecón cogidos de la mano; nos habíamos hecho fotos en la terraza del Carabelle y en el Ayuntamiento, frente a la estatua de Ho Chi Minh. Nos habíamos aventurado en los salones suntuosos de los hoteles míticos, el Rex o el Continental, y hasta nos habíamos unido a los cientos de jóvenes que, en sus bicicletas, paseaban arriba y abajo, en una especie de cruising sobre pedales, las calles Le Loi y Nguyen Hue, llenado con sus risas y el grillar de los timbres las noches de sábado en el centro de la ciudad.


Un timbre sonó en el interior del edificio y, casi al mismo instante, los primeros grupos de estudiantes empezaron a desfilar bulliciosamente por las escaleras del viejo caserón. Le Lai fue de las últimas in salir, iba acompañada por dos de sus amigas a las que ya me había presentado en otra ocasión. Me levanté del taburete del pequeño puesto de chucherías, que sin duda pertenecía al paisaje habitual de aquella escuela, y la saludé con amplia sonrisa y una leve inclinación de cabeza. Hice lo propio con sus amigas, que me devolvieron el saludo, y se despidieron en un inglés en el que faltaba entonación y sobraban carcajadas. Le Lai estaba radiante. No se había cambiado como los días anteriores, llevaba aún puesto su ao daí, de un blanco inmaculado. La transparencia vaporosa del satén, me  turbó durante un segundo. No podía evitarlo, Le Lai era apenas una muchacha, pronto cumpliría los 19 años, pero, sin remediarlo, me estaba enamorando de ella. Era tan fácil enamorarse de ella y olvidar que mi futuro estaba hecho de distancias, lejos de Saigón y de a mirada limpia de Le Lai.


Me dijo que tenía que ir a Hau Giang, en el Cholón chino, a buscar una pieza para la nueva Honda de su hermano. Quería que la acompañara. “Ricamente”, me alboroté para mis adentros. Intenté convencerla para que ese día me llevara ella en su bicicleta, pero fue en vano, y ni siquiera mi nada fingido miedo al tráfico de Saigón pudo hacerla cambiar de idea. Una vez más, me hice con el manillar y los pedales, y dejé que Le Lai, detrás de mí, se abrazase a mi cintura. Un escalofrío de felicidad me recorrió la espalda.

Cholón. Primeras horas de la tarde. Era la hora de la siesta. Era Cholón, las callecitas de Cholón. Olía a sopa, y a carne asada, a polvo de jazmín y a fuego de brasa. Olía a tierra sazonada, al barrio chino. Era Cholón, y el beso de Le Lai me cogió por sorpresa.


Habíamos corrido a refugiarnos de la lluvia bajo la sombrilla de un pequeño puesto de almejas. Los primeros goterones dejaron un dibujo minimal en el barrillo que cubría las calles adyacentes al mercado de Binh Tay. Las calles estaban atestadas de gente comprando y vendiendo. No había apenas espacio para moverse por las aceras. Nadie parecía inmutarse, y sólo cuando arreció la tormenta  y una cortina de agua cubrió la escena, empecé a ver a los niños correr, salpicándonos de alegría y agua sucia; los  taxistas sacaron de qué-sé-yo-dónde plásticos y ponchos que harían las veces de toldillos; las mujeres, mientras, recogían la mercancía, equilibrando los atadillos en sus balancines. 



Decidimos descansar un rato mientras pasaba la tormenta y aprovechar para comernos unas almejas preparadas en el wok con ajos tiernos y guindilla. Le Lai estaba preciosa, con las mejillas encendidas y los ojos entronado; forzándose por atender a las explicaciones que le estaba dando sobre qué-sé-yo-usos del genitivo sajón. Ella asentía y asentía, pero no estaba prestando atención alguna. Me miraba a mí, fijamente, con alegría, leyendo entre mis líneas, deseándome. También yo la deseaba. Me callé, dijera lo que dijera todo era mentira y nada venía a cuento. Quise besarla, pero fue ella quien lo hizo. Primero una sola vez, levemente, inclinándose sobre mí, sin apenas rozarme; luego, calibrándome, buscando la reacción, el impacto en mis ojos para, finalmente, volver a besarme, y esta vez abandonar allí sus labios, húmedos y carnosos.


Aquí y allí enormes sacos de hebras de tabaco que alguien cubría con plásticos mugrientos; un pelotón de ocas se acomodaban con escándalo bobalicón bajo el toldillo de un ciclo-taxi, dos cerditos se revolvían luchando ruidosamente por escapar de su capazo de esparto, un atadillo de gallinas cacareaban insolente su última voluntad; puesto de arroz y de tallarines, barras de pan fresco y carritos de patés. La lluvia arreciaba, levantando aún más olores a la tarde; el olor del cilantro y del té, el incienso y la tierra mojada, el olor de los besos de Le Lai. Era Cholón, a la hora de la siesta.





























































































































sábado, 14 de julio de 2012

XLIV 1990´s Viet-nam 5.7 - Viajes






Viet-nam; y sin embargo cuentos
Texto: Javier Santos Asensi




5.7   Navegación ferroviaria por la Vietnam imperial.




Dos días en Hue y sin parar de llover. Pero ya no era la lluvia aquella que me perseguía, holgazana e inconstante, desde mi llegada a Hanoi. Estas eran “lluvias mayores”, puntuales e intransigentes. En Noviembre se encabalga el final y principio de los dos monzones que rigen el clima y la vida de Vietnam, y el área costera central no deja de ser uno de los peores rincones del país para eludir esta suerte de temporales. En los pocos ratos que cedía la lluvia, el cielo plomizo daba a la antigua capital imperial de la dinastía Nguyen un aire tristón, como la mirada de aquella muchacha, entre curiosa y ausente, que hacía apenas un rato me había estado observando mientras yo daba cuenta de un tazón de pho (sopa) de gambas bajo la luz  mortecina del bar de la esquina del hotel Morín. Tuve que colgar las cámaras y dedicarme durante horas a escuchar música y leer y leer, hasta que ya no me quedó más música que escuchar, ni libros a los que acudir. En ese mismo momento decidí proseguir mi camino más allá de los restos de la antigua ciudadela imperial.







                                           Compartí con dos turistas un coche que nos acercó, en dirección sur, a Danang, y de allí a Hoi An, pero cuanto más al sur nos acercamos, con más rigor parecía azotar el temporal. A la altura de las cinco colinas conocidas como la Marble Mountains. El agua nos había quitado las ganas de atender a las explicaciones que el guía intentaba darnos en un inglés difícil acerca del sentido budista de aquellas montañas y grutas desde donde se divisaba, envuelta en una capa espesa de agua, la mítica China Beach. Hartos ya del lodo y del estruendo del claxon a nuestro paso por las carreteras que empezaban a inundarse, pedimos al conductor que nos llevara sin más dilaciones a nuestro punto de destino, el puerto pesquero de Hoi An, la joya del mar del Sur de China, resguardado de las inclemencias en el  estuario del río Thu Bon, a 5 Kilómetros de su desembocadura.
 



 Ya siete días en este estado de húmeda desazón. Siete días viendo, de sol a sol, como las calles de Hoi An se trasformaban en ríos, y los ríos terminaban por confundirse con las calles. Siete días de modorra tras el cristal sucio de las ventanas; siete días de la monotonía musical del agua sobre los tejados. Y decían que más al sur, en la provincia de Nha Trang, era todavía pero. Se hablaba de un tifón, pero ya nadie se aventuraba a predecir un tiempo sin pautas que no respetaba la tradición ni las costumbres. El último les había abandonado hacía apenas un mes, dejando un patrón de destrucción y muerte a su paso.




 
El pueblo conservaba sorprendentemente su atractivo, como si los siglos no hubieran pasado, y aquél fuera el mismo puerto cortejado desde el siglo XVII por marinos holandeses, chinos, japoneses, portugueses y finalmente, franceses. Su arquitectura reflejaba, distintivamente las sucesivas influencias de cada una de estas culturas. Ni la guerra, ni el turismo reciente parecían haber marcado en exceso el carácter pintoresco de las calles de Hoi An. Yo, por mi parte, seguía esperando que el mat cua, el ojo protector acuñado en las puertas de las casas, y que conste en una pieza de madera con un símbolo del Ying & Yang, rodeado de un diseño en espiral que se extiende por la entrada, siguiera vigilante el curso de la tormenta, y evitara una de esas inundaciones antológicas que llevaría al río 
                                                                                                            camino de los tejados.


 

Y mientras esperaba por la luz que nunca llegaría, buscaba, con las cámaras descargadas, el refugio de los interiores, que no desmerecían en absoluto con respecto a las fachadas de madera de los edificios: patios con jardines salvajes y estanques, motivos de piedra tallada y los pilares de madera maciza reposando sobre una base de piedra cóncava. Aún más sorprendente era la belleza de estas construcciones cuando caía la noche y la luz vacilante de los candiles o la más amarillenta de las bombillas desnudas de tungsteno, se repartían las sombras centenarias de las paredes.







Otro de mis lugares favoritos en Hoi An, donde siempre tenía asegurado un lugar a resguardo del aguacero, era el mercado entre el muelle de la calle Hoang Van Thu y la céntrica calle Tran Phu. Allí enjuagaba mi impaciencia con la actividad febril del mercado. Podía pasarme horas calculando las dimensiones  mínimas en las que una vieja, en cuclillas, preparaba sin descanso tazones de sopa, que sus clientes devoraban, igualmente en cuclillas, bajo ponchos de colores vivos. Había mujeres que vendían su cargamento de carne, pescado o verduras sin asomar los ojos más allá de los confines de paja del sobrero cónico tradicional; hombres que se aseaban en el caño de una fuente, jóvenes charlando mientras sorbían un té, niños que jugaban en el suelo imaginando formas soñadas en cualquier artículo de desecho. La madera, el hierro, el acero inoxidable, la loseta de cerámica, la hojalata, las mantas extendidas, las hojas secas, el agua sucia de las cubetas de plástico, los balancines de carga, las herramientas, los puestos de chucherías, todo el mercado cobraba una dimensión especial en la penumbra del monzón y bajo la luz mortecina del tungsteno.




En este mercado, me aficioné al plato típico del lugar, el Cao lau, una especie de tallarines planos de soja, mezclados con cuscurros de pan y brotes de judías tiernas y otras verduras, cubierto todo ello con tajadas finas de carne de cerdo. Se comía mezclándolo con unas tortas crujientes de un pan de arroz. De arroz era también el postre que nunca perdonaba, y de arroz mis plegarias mojadas que pedían luz para continuar con mi viaje.









 
Pero la luz nunca llego a Hoi An, y ante las alarmantes noticias de las inundaciones del sur, me decidí una vez más a seguir adelante. Compré un billete en el expreso directo a Ho Chi Ming, y seguí rezando, pero mi plegaria estaba ya arrugada y mohosa, y seguía lloviendo y lloviendo, hasta que llegué a comprender la metáfora bíblica del diluvio universal; seguro que fue un tifón a la manera Vietnamita. Cuatrocientos kilómetros más al sur, algo menos de la mitad de la distancia que me separaba de Saigón, y ya gasta las parábolas habían embarrancado. El traqueteo inicial se había convertido en una auténtica navegación ferroviaria. Era imposible delimitar qué era campo y qué era pueblo, dónde acababan o empezaban los caminos, o las vías del tren; incluso el mar, macerado y espeso, se confundía con los arrozales al otro lado de las playas anegadas. Finalmente lo que tenía que pasar, pasó. El tren se detuvo en una estación de cuarta, Dieu Tri, y allí nadie sabía nada de lo que podía ocurrir.

Se decía que el agua se había llevado un puente 100 kilómetros más adelante, también se nos advertía de una inmediata evacuación, que el tren que nos antecedía había zozobrado 24 horas antes; o por el  contrario, se nos pedía calma y paciencia; pero, en realidad, nadie sabía nada de nada de lo que estaba ocurriendo, y cada uno se las ingeniaba como podía para no morirse del aburrimiento entre comida y comida, que algunos vendedores oportunistas cocinaban con sospechosa rapidez en sus fogones de carbón vegetal. El bocadillo de quesitos (“la vaca que ríe”, claro) se pagaba en dólares y a precio de manjar, pero mejor eso que el hambre atroz del que no sabe cuando volverá a comer en caliente.



 

Esos días que nos llevó salir de la zona más castigada del tifón me debilitaron y no me refiero ya físicamente, sino emocionalmente. Dudaba de la luz, de la física de los días, intentaba darle un par de diafragmas más a mi mirada, pero nada cuadraba en seso momentos en mi vida; y en todo caso, la velocidad de la foto era extremadamente lenta; todo se movía y los contrastes se difuminaban, y poco a poco se adueño de mí una nostalgia zafia, un desaliento que iba más allá de las cortinas de agua para volver de ninguna parte, un rincón bien triste donde se lavaba la conciencia de la vida pasando inútilmente ante mis ojos. No sé, fueron días de zozobra espiritual que acompañaron a la lenta navegación ferroviaria bajo el signo del tifón Kyle, como habían bautizado a la tormenta, a su paso por las islas Filipinas.



 

 A mi llegada a Ho Chi Minh pude comprobar en el periódico que el tifón Kyle, con vientos asociados de hasta 120 Kms. Por hora, se había cobrado 71 víctimas dejando sin hogar a miles de campesinos y pescadores. Alguien me comentó que esos tifones, que siempre habían afectado a las zonas costeras del centro de Vietnam entre Julio y Noviembre, se habían hecho mucho más violentos e impredecibles como resultado de los cambios climáticos que siguieron a la deforestación masiva sufrida por Vietnam en las últimas tres décadas. Y como para dar énfasis a estas palabras, el día que dejaba Vietnam, un nuevo tifón, el Lola, terminó de arrasar las zonas costeras de la provincia de Ninh Thuan. En esta ocasión a los muertos y los destrozos había que sumar la desaparición de ochenta pescadores de Khanh Hoa, que habían sido incapaces de prever la magnitud de la tormenta.


























































jueves, 5 de julio de 2012

XLIII 1990´s Viet-nam 4.7 - Viajes





Viet-nam; y sin embargo cuentos
Texto: Javier Santos Asensi




4.7  D.M.Z., la tierra herida 


 Nam Minh, Thanh Hóa,Vinh, Ha Thin: escenas sin lustre envueltas en papel de modorra y encuadradas en la ventanilla de un tren que se desplaza lento, en un tiempo irreal de pantanos y selvas y playas vírgenes y hombres y mujeres arrodillados en los campos de arroz bajo la lluvia, que no me abandona desde que dejé Hanoi. Cuando, después de 600 Km., de resoplidos de tren, y comidas en frío negociadas a las prisas entre ventanas bajadas y puertas entreabiertas, llegué a Don Ha, creí que por fin había llegado a un lugar en ninguna parte: un cruce  de caminos, una ciudad provinciana y rural, reconstruida, como tantas otras, después de la guerra vietnamita, con ayuda soviética y una proverbial falta de imaginación. Dong Ha había sida la frontera, nada de metáforas aquí, literalmente la frontera,  al sur del río Ben Haí, el paralelo 17 de los Acuerdos de Ginebra en abril de 1954, por los que, y tras la derrota francesa, Vietnam se dividió en dos estados; la república democrática de Vietnam, al norte, controlada por los comunistas, como Ho Chi Minh al frente, y la república de Vietnam, al sur, liderada por Ngo Minh Dienm, católico e intransigente enemigo de los comunistas. Lo que en principio quería haber sido una división temporal y administrativa, como preparación para las elecciones generales de1956 (que nunca se llevaron a cabo, pues Diem, apoyado por los Estados Unidos, incumplió los acuerdos para declararse unilateralmente presidente de la república de Vietnam), se terminó por convertir en la vergonzosa frontera de uno de los conflictos bélicos más injustos de nuestro siglo, además de escenario de algunos de los enfrentamientos más brutales  y sangrientos de la contienda.       
   

 El norte de Dong Ha, entre 1954 y 1975 existió una franja de terreno que se extendía cinco Km. A cada margen del río Ben Hai, a la que comúnmente se llamó D.M.Z., la “Zona Desmilitarizada”, que, en un giro de desvergüenza filológica, pasó una vez rotas las hostilidades entre el norte (que nunca aceptó el mandato de Diem) y el sur, a denominar a una de las áreas más ferozmente militarizadas de la guerra. Bases como la de Dong Ha, Cua Viet, Gio Linh, Ca Lu, Com Thiem, Cam Lo, Camp Crroll, Lang Vei o Khe Sanh florecieron a lo largo de la frontera en el intento norteamericano de prevenir las infiltraciones de los comunistas del norte.



 En las memorias, a veces, florecen recuerdos literarios: un pasado que vivimos entre las páginas de tal o cual libro, que consiguieron emocionarnos o impresionarnos. Esa fue precisamente la razón de mi escala en Don Ha. Quería visitar lo que quedaba de aquel paisaje neurótico de guerreros y emboscadas, y muerte, y helicópteros, y nápalm y fósforo y pesadillas de carne maceradas, que tan alucinantemente había recreado uno de los más sinceros reporteros de aquella guerra, Michael Herr, en su libro “Despachos de Guerra”. Memorias que, más tarde, las tres películas de la trilogía vietnamita de Oliver Stone, “Platoon”, “Nacido el 4 de Julio” y “Cielo y tierra”, o el “Apocalipsis now” de Francis Ford Coppola, habían arropado con imágenes 8normalmente rodadas en Tailandia) de una belleza suntuosa e irreal


Pero mi primera guerra en Don Ha fue buscar un medio de transporte. Aquello ya no era Hanoi, y todo el mundo, “my friend”, parecía estar morosamente en el “negocio de las ruedas". Más que curiosidad, la gente de Don Ha tenía un genuino interés por la divisa americana. Me llevó mi buena media hora de remolonear y regatear a la brava para, al final, convencer a un tipo, con una moto viejísima, como la que usaba mi tío para ir al campo, para que me llevase, por $ 18 dólares, hasta la base de Khe Sanh, dejamos atrás Camp Carroll que, con el paso de los años, se había convertido en un importante productor de pimienta negra. En The Rockpile empezamos la lenta ascensión entre los macizos montañosos de la región central. Cada vez que coronábamos un repecho, las vistas se hacían espectaculares. En todo momento la selva animaba de tonalidades verdes el paisaje escarpado, con la carretera trepando y desmoronándose siempre en sus confines. Por fin, ya no lejos de Lao Bao, la frontera con Laos, alcanzamos, en una zona alta y tranquila, la Base de Khe Sanh.



La Base de combate Khe Sanh, que fuera baluarte de los marines, fue, de alguna forma, el símbolo de la futilidad de aquella guerra. Allí transcurre de la mayor parte de la acción del libro de Michael Herr. Durante 75 días fue cercada por las fuerzas norvietnamitas para distraer a las tropas norteamericanas y permitir lanzar con sus aliados del vietcong la Ofensiva del Tet, que tenía como objetivos los centros urbanos del sur de Vietnam. De aquel enclave en el que murieron, en una estrategia ambigua e inútil decenas de miles de soldados vietnamitas y norteamericanos, quedaba una meseta devastada rodeada de colinas de tupida vegetación, envueltas en jirones de niebla, que me devolvió a un nuevo recuerdo literario, “La tierra baldía”, de T.S. Eliot.


Era difícil leer las coordenadas de los libros de historia en la extensión de aquella llanura baldía. La sensación era más bien de extrañeza. Grandes cráteres en los que se enredaba una maleza sucia o en los que se estancaba el agua; aquí y allí restos de alambradas o de hormigón armado, pequeños trozos de metal oxidado y también piezas de carcasas mayores, ya recicladas. Todavía, de cuando en cuando, se podía ver a algún lugareño con su detector de metales, cavando aquí y allá, un su frenética búsqueda de acero y aluminio, cuya venta, les proporcionaría unos ingresos mínimos para contener la pobreza. Un lugar irreal, Khe Sanh, donde digerir la memoria literaria y darse perfecta cuenta que los americanos también hicieron la guerra a la naturaleza en Vietnam. Aquella tierra nunca tuvo voz en la contienda; era una tierra herida; en la que se palpaba la presencia fantasma de las selvas exterminadas bajo el feroz imperativo del “agente naranja”, de las bombas de fósforo o de nápalm, de los exfoliante y un largo etcétera de destrucción y desprecio por la vida. Para el año 2000, leí más tarde en algún periódico, se calculaba que Vietnam habrá perdido el 100% de su masa forestal original. Aquello, definitivamente era el corazón de una tierra herida.



Al día siguiente le pedí a mi motorista que fuera a recogerme para visitar en Vinh Moc, al otro lado del río Can Hai, los túneles que durante la guerra, habían excavado los norvietnamitas con la intención de proteger a la población civil de los continuos bombardeos, así como facilitar el enlace logístico entre las posiciones del ejército comunista. Al igual que más tarde en los túneles de Cu Chi, no lejos de la ciudad de Ho Chi Minh, se podían visitar los pasadizos claustrofóbicos que unían estancias que habían servido de almacenes, centros de reunión, comedores, hospitales, escuelas e incluso aquellas más pequeñas que albergaban la intimidad de las familias, eran auténticas villas subterráneas, perfectamente ventiladas y saneadas, arañadas al suelo arcilloso, en distintos niveles, con asombrosa perfección de líneas. Decidí que los vietnamitas eran insuperables “arquitectos de la tierra”.



Más tarde, mientras regresaba a Don Ha, volví a pensar en ello mientras cruzábamos los campos de arroz que bordeaban con gracia. Parecía que estuvieran jugando, modelaban la tierra como si fuera plastilina de un color ocre rojizo. Durante siglos, tanto los mandarines chinos como los emperadores vietnamitas de sucesivas dinastías, y hasta los franceses, habían jugado al mismo juego; construir diques, abrir canales, unir ríos y seguir plantando arroz, para terminar dando vida a los laberintos de agua y tierra que son las grandes llanuras costeras del Vietnam.



 
Antes de llegar a Don Ha, decidí visitar uno de esos hornos de cerámica industrial que menudearon desde el día que salí de Hanoi y que siempre parecían estar ocupados en una actividad febril e incesante. Eran construcciones preciosas de ladrillo refractario, rematadas por una cúpula de forma bulbos. Pero a mí, mi mente todavía cuajada de metáforas de tierra, se me antojaron templos abovedados donde se consagraba la tierra, el barro, en losetas, mosaicos y tejas árabes. Sus texturas calientes y rugosas, sus diseños geométricos, en colores afines a la tierra, recordaban  la artesanía de la cerámica rural de una España que fue la de mi infancia.