viernes, 19 de octubre de 2012

LIII 1990´s MADAGASCAR 1.5 - Viajes





MADAGASCAR


1.5 Viajando con desconocidos



Después de cumplir con mis compromisos profesionales como todos los años, el viaje era la recompensa, el escape, la huida, la manera de cargar las pilas para volver enfrentarse un año más a la rutina de la profesión. En 1995 después de haberme recuperado totalmente (sin residuos en sangre) de la Malaria contraída en mi anterior viaje por Malí, decidí escoger un destino un tanto más cómodo, o al menos eso creía yo, fascinado por un reportaje sobre Madagascar publicado unos años antes en la revista Altaïr (mi preferida y editada en Barcelona), decido que este sería mi próximo destino.
Preparar el viaje era todo un ritual, el billete, los dólares, el equipo fotográfico, los carretes de diapos, el botiquín, y cuatro mudas para el camino, eso era todo lo que llevaba en la mochila, ah se me olvidaba, la Lonley Planet, la guía imprescindible para obtener la información básica, donde dormir, donde comer, como llegar, como moverse, necesaria más bien al principio del viaje, ya que finalmente la mejor información siempre se encuentra en los lugares de destino, y con la gente local.

 De nuevo volvería a viajar en solitario, aunque viajando solo nunca me encontré totalmente solo, siempre da más pie a relacionarse e intercambiar experiencias con el otro, al final acabas compartiendo con alguien sea local o foráneo. Tras mi pequeña escala en París, y visita obligada a Dominique y Cloé, amigas salvadoras en mi anterior viaje malarioso, aterrizé en Antananarivo. Como siempre el ritual era buscarse la vida para llegar a la ciudad y por el camino elegir alguno de los hotelitos low que aparecían en la lonley, pero siempre que llegas a un nuevo lugar, aeropuerto, me asalta cierto desconcierto, intento situarme y buscarme la vida para llegar a la ciudad junto con el resto de pasajeros que terminan de tomar tierra.


Intente encontrar un taxi pero parecía que todos andaban ocupados, también intente compartir con una pareja de occidentales y su bicicleta un taxi, pero finalmente la bicicleta ocupo mi lugar y yo me quede en tierra. Decidí entonces buscar el bus de línea hacia la ciudad, y por el camino me asalto una joven occidental llamada Helen, que me propuso compartir el taxi a la ciudad, todo comenzó compartiendo aquel taxi, por el camino dialogamos sobre nuestros rumbos sin rumbo, y viaje en solitario, pero rápidamente encontramos un feeling y a nuestra llegada al hotel, decidimos compartir la habitación, ya que nos resultaría más económico, como siempre en África.

  Todo empezó naturalmente; hacia donde te diriges… no sé… y tú …. Tampoco lo sé…. vamos a dar una vuelta y descubrir la city…. Ok…. , no muchas palabras faltaban al principio, nos dejábamos llevar por esta ciudad merina, descubriendo los rincones y lugares transitados por vida y fardos, el Zoma, mercado situado en la plaza central, el palacio del  rey Andrianpoinimerina, fundador de la ciudad, la ciudad alta, la ciudad baja, finalmente acabamos contemplando la ciudad desde lo alto de la terraza del hotel al anochecer, recuerdo que después de nuestro primer día compartido, Helen me confesó que le gustaba mi manera de viajar, de compartir y relacionarme, y como nuestros caminos eran mas o menos parecidos, decidimos sin ningún tipo de compromiso y relación, convertirnos en compañeros de viaje con toda libertad si nuestros caminos se separaban, y así fue hasta el día en que tenía previsto que su pareja se reuniese con ella más al norte de la isla.


Pasamos varios días en Tana decidiendo hacia donde marchar y descubriendo la ciudad, finalmente partimos en tren hacia el este, Nosy Boraha (o Ílee Sant Marie bautizada por los franceses), pero sin antes hacer unas pocas escalas; partimos de Tana por los caminos de hierro que se dirigen hacia el este, haciendo nuestra primera etapa en la Reserva Périnet (Andasibe), un lugar fantástico para hacer una primera toma de contacto con la naturaleza salvaje de Madagascar.

Lo más emocionante de aquella parada, fue el día que dimos una caminata con un guía del parque, encontrar los primeros lemures, los Ingri, fue súper emocionante, sumidos en la espesura del bosque perder la orientación era lo más fácil y adivinar la silueta de cualquier camaleón no tan fácil, gracia a nuestro guía pudimos ver a los grandes del parque, los Ingri saltando de rama en rama, con esa mirada de curiosidad y miedo a la vez, fue un buen comienzo.

Antes de dirigirnos mas al este decidimos adentrarnos un poco más al norte hacia el Lago Alaotra, era la época de cosecha de los leeches, este fruto dulce y cáscara puntiaguda, los pickup trukcs iban llenos de arriba para abajo, nos pusimos las botas comiendo de este fruto, y subidos en los bultos llenos de leeche viajamos desde Andasibe vía Moramanga hasta un pueblecito en la ladera este del lago Alaotra, un viaje largo y lleno de obstáculos, y pistas a veces intransitables, recuerdo el momento donde paro nuestro pickup, y no se que le pasaba al motor, que acudieron los lugareños para echar una mano, y sacaron el motor de su carrocería, le dieron unos toques mágicos, lo volvieron a meter en su sitio, y aquello volvió a funcionar después de mas de cinco horas de espera y operación, finalmente en el ocaso llegamos a la ciudad fantasma de Imerimandroso, lugar donde experimentamos el viaje de verdad, y de donde tengo un especial recuerdo.


En Imerimandroso solo había un bar de estilo fronterizo y un hotel llamado BellVue, un hotel sin dueño y libre, nos indicaron el camino, pero en dicho hotel no habitaba nadie, decidimos pasar allí la noche cocinando unas latas de fabada que metí en la mochila antes de partir, y que aquella noche sacio nuestra hambre contemplando la luna y las estrellas desde nuestra atalaya situada enfrente del lago.
 Al amanecer descubrimos realmente como era Imerimandroso, es verdad que los lugares en la oscuridad parecen otra cosa, a la luz del día se nos descubría un lugar especial, una ciudad del oeste, fronteriza, sus casitas de adobe rojo y sus geometrías me tenían chiflado, aprovechamos bien nuestra estancia en la ciudad de sin casi nadie.

Partimos dos día más tarde atravesando el lago Alaotra en cayuco de tronco de árbol, hicimos buenos brazos, y de nuevo a la carretera, a los pickups y los fardos de leeches, ese trasiego esa proximidad que se siente viajando como sardinas, hizo que  poco a poco fue creciendo nuestra complicidad y el contacto, algo que los occidentales suelen rehuir al principio, y no suele pasar para nada en los países africanos o latinos. De todas formas esa proximidad y ese tiempo compartido de avatares diarios hace que se rompan la distancia y se convierta en una amistad cómplice y cariñosa. De vuelta en Moramanga, esa noche entre tragos de cerveza y whisky y mas de una risotada, una vez mas Helen me confesaría que de verdad le gustaba mucho compartir y viajar conmigo aquella parte de su viaje, y yo le conteste que a mi también me gustaba ella, y su manera de funcionar, también me confesaría sus antepasados españoles y holandeses, ya que su nombre era Helen González, y lo no tan lejos que nos encontrábamos el uno del otro.


Nuestra próxima parada sería Toamasina o Tamatave, una gran ciudad portuaria al este de Madagascar, lugar de transito camino del noroeste, no nos entretuvimos mucho a la ida, volvería a pasar de nuevo por esta ciudad tranquila especialmente los domingos.
Nuestro siguiente trayecto fue hasta Mahambo, camino de la Ílee Sant Marie, mas de 7 h. de caminos sinuosos, ríos que cruzar a ritmo de trasbordador y soukouss, finalmente llegamos a nuestra primera playa y aguas de coco, risas y complicidades, nuestros días en compañía estaban a punto de llegar a su fin, en Mahambo nos despedimos tomando cada uno sentidos opuestos, ella al reencuentro con su amado, yo de vuelta a mi soledad viajera, volveríamos a encontrarnos en Toliara (sur), esta vez acompañada de sus chico, comimos juntos pero nada volvería a ser igual. El viaje de vuelta a Tamatave fue un tanto nostálgico y durillo, alguna lagrima, pero rápidamente habría que reinventar el viaje, esta vez camino del sur, los baobads, el culto al ancestro, la gastronomía......

De vuelta en Tana, conocí a un personaje local llamado Gustave Bergman, un joven que me invito a conocer su familia y comer un día con ellos, una familia encantadoramente culta, me descubrió lugares de la ciudad que de haber ido solo no hubiese conocido, y nos dimos mas de un bailoteo en alguna que otra boîte de la ciudad, nuestra amistad tendría una correspondencia epistolar larga, ya me encontraba como en casa pero tenia que continuar el viaje, me dirigía a Morondava parando antes en Antsirabé, donde de nuevo volví a compartir bus con un belga que también se dirigía a Morondava, entablamos conversación, finalmente decidimos compartir viaje sin compromisos.


Nada más llegar a Morondava coincidimos en la estación de bus con un francés que al escucharnos buscar hotel, alegremente nos ofreció su casa y su tiempo, pero finalmente sus intenciones serian bien diferentes. Súper amable y servicial, visitamos los baobads al atardecer, ese paisaje alucinante de la sabana roja, dos días de relax y playas calidas y transparentes, la amabilidad de nuestro amigo francés se torno un tanto insistente, y a la tercera noche quedándonos solos tras la cena, me confeso sus intenciones, y su atracción sexual que atraía sobre el, acabe encontrándome en un pequeño compromiso, respetaba totalmente sus preferencias sexuales, pero yo también tuve que exponerle las mías, solo que mis intenciones eran otras, a los pocos días tuve que reemprender mi camino del sur, del sur total, y el encuentro conmigo mismo, necesitaba volver a la soledad del viajero.

Una vez en Toliara las lluvias empezaron e embarrar el camino, viaje hasta el parque Isalo donde pude realizar un trecking de tres días atravesando el parque con mi guía local que me mostró los rincones del Monkey Canyon las cumbres areniscas erosionadas por el tiempo. Para terminar viajé lo mas al sur, a la Baie des Galions en Taolagnaro (Fort Dauphin), e intentar conciliar la serenidad contemplando el mar desde sus diferentes cimas, que en la época de Septiembre se pueden adivinar el paso de ballenas y delfines por este paso.

Ya de vuelta y con la sonrisa puesta, quedan en la retina y la memoria todos esos momentos vividos durante el viaje, y que ya una vez en casa, revisando, seleccionando, visualizando con los amigos de verdad, se vuelve a revivir el viaje de nuevo, compartiendo las experiencias y anécdotas, las imágenes…… 








                                                                             Imerimandroso














































































                                                                           Moramanga-Mahambo



































                            
                                                                                       Antsirabe









































  
                                                                             Toliara-Taolagnaro









































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